Con estas palabras no pretendemos explicar ni suplantar el Evangelio diario, sino dar pautas para contemplar esta lectura, sabiendo que lo fundamental es leer, saborear y gustar internamente el Evangelio, descubriendo más hondamente como es el Señor.
Domingo XVI del Tiempo Ordinario (Ciclo A).
Lecturas: Mt 13, 24-43.
Hoy al leer este pasaje, podíamos orar así;
Señor Jesús, me imagino en tu campo. Contemplo el terreno de mi propia vida.
Veo el trigo verde que crece, que representa tus dones,
mis buenos deseos, el amor que doy y la fe que me regalas.
Gracias por la buena semilla que has sembrado en mí.
Pero al mirar más de cerca, también veo la cizaña.
Esas raíces amargas, mis debilidades, mis contradicciones,
los miedos y los errores que a veces me ahogan.
Me duele ver que conviven el bien y el mal dentro de mí y a mi alrededor.
Siento la tentación y la impaciencia de querer arrancarlo todo ya.
Por eso te oigo decirme con ternura y paciencia infinita:
«Déjalos crecer juntos hasta la cosecha».
Tú no te sorprendes de mi debilidad.
Me miras con una paciencia que yo mismo no tengo.
Me pides que aprenda a convivir con mis imperfecciones mientras confío en ti, mi Señor.
Señor, hoy renuncio a ser el juez de mi propia vida y de los demás.
Dejo de arrancar con violencia lo que no me gusta de mí
y decido alimentar los buenos pensamientos, las acciones de amor,
la oración y la esperanza.
Confío en que, al final, tu amor separará lo que sirve de lo que no,
y solo quedará lo limpio, lo puro y lo eterno.
Haz de mi instrumento de tu paz, y enséñame, Señor , a amar.
José Luis, vuestro Párroco
