El sábado posterior a la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, la Iglesia celebra la memoria del Corazón Inmaculado de la Santísima Virgen María. Esta conmemoración, íntimamente ligada a la del día anterior, resalta la profunda unión entre los Corazones de Jesús y de María.
En el lenguaje bíblico, el “corazón” representa a la persona en su totalidad: es el centro profundo del ser, donde convergen razón, voluntad, afectos y espíritu. Por ello, el Corazón de la Virgen indica su persona entera, su amor indiviso a Dios y a la humanidad, y su total entrega al plan de salvación.
El Corazón Inmaculado de María es espejo fiel del Corazón de Cristo y modelo para todo cristiano. Celebrarlo significa reconocer en María a una madre espiritual y guía segura, confiar en su amor, imitar sus virtudes y acoger su presencia como camino hacia la voluntad de Dios.
Así como el corazón de una madre es el centro del amor en una familia, también el Corazón de María es refugio, consuelo y ternura. Consagrarse a él es entregarse plenamente a Ella, aceptar su amor maternal y dejarse guiar hacia Dios, ofreciéndole todo nuestro ser para que, a su vez, nos presente a Jesús.
El mismo Cristo, desde la cruz, nos la confió como Madre al decir a Juan: «Hijo, ahí tienes a tu madre». Acoger a María, como hizo el discípulo amado, significa integrarla en nuestra vida cotidiana, en nuestra espiritualidad y en nuestro camino de fe.
Consagrarse a su Corazón implica también seguirla como maestra, dejándose formar por Ella para vivir una fe más profunda, plena y auténtica, como exige nuestra vocación bautismal.
El Corazón Inmaculado de María es, por tanto, un modelo perfecto de humildad, caridad, pureza y fe: un corazón que guarda la Palabra de Dios, como se dice en el Evangelio:
«María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19).
En las apariciones de Fátima —en particular el 13 de junio de 1917— la Virgen le dijo a Lucía:
«Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado. A quien la abrace le prometo la salvación».
Esta devoción no se limita a una práctica exterior, sino que comporta una entrega profunda: una verdadera consagración de uno mismo a María para crecer en el amor a Dios.
